Magistrados y emperadores organizaban con su dinero los juegos públicos, que servían para
ganarse al pueblo. Los ludi (juegos) incrementaron paulatinamente su dimensión festiva y política,
hasta convertirse en un instrumento propagandístico en manos de la aristocracia y del poder imperial. Lejos, por tanto, de la idea griega del deporte, que buscaba la excelencia física y la moral individual, los romanos consideraron los juegos como un espectáculo de masas, como un divertimento utilizado por las clases dirigentes para afianzar su poder. El estado comenzó a intervenir en su organización, en un principio, cediendo el control a los magistrados y pontífices y, más tarde, en la época republicana, los ediles (magistrados romanos) que les pagaban, en parte, porque concedían autoridad y posibilitaban la carrera política. Si buena parte de la financiación era a través de fondos públicos, era habitual que los ediles añadieran dinero propio para asegurar la brillantez de los juegos y agradar así a sus potenciales votantes en futuras elecciones.
El hecho de que se utilizaran como maniobra política nos da muestras de la importancia que tenían estos espectáculos públicos.
CARRERAS DE CARROS:
En las carreras había dos tipos de carros: las cuadrigas, que eran carros tirados por cuatro caballos enganchados frontalmente, y las vigas, que sólo eran de dos caballos. Los conductores de los carros eran los llamados aurigas. En el momento de dar la salida, los carros empezaban la carrera. El magistrado daba la salida, momento en el que estallaba el delirio. La carrera no era tanto una cuestión de rapidez, sino de táctica y técnica. Colocarse bien y obstaculizar los progresos del contrario era más importante que poseer caballos veloces. Era bastante fácil volcar el carro, chocar contra algún muro o contra otro carro, lo que con la jerga se llamaba naufragar. La victoria se decidía en los últimos metros, cuando el público enloquecía. Los competidores de las carreras circenses se dividían en cuatro facciones o equipos: Albata (blanca), Veneta (azul), Praesina (verde) y Russata (roja), colores que llevaban los carros participantes.
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REPRESENTACIONES ESCÉNICAS:
Todas las obras teatrales que eran representadas en público debían ser autorizadas
por los magistrados que organizaban los juegos y en última instancia,
por el senado.
Los actores profesionales (histriones) estaban organizados en compañías
(Grex, caterva) poco numerosas bajo la dirección de un patrón (dominus). La mayoría tenía la
condición jurídica de esclavos o libertos. Recibían dinero por sus actuaciones, pero los salarios
variaban en función de la fama de cada uno de ellos.
En general, los actores eran vistos como personajes vulgares y moralmente repudiables, hasta
el punto de que fueron tratados por la ley romana como infames y su profesión no fue nada bien
considerada. Sin embargo, hubo algunas excepciones. Algunos actores llegaron a ser famosos
en su época, capaces de reunir grandes fortunas y ser bien vistos incluso entre los círculos aristocráticos.
Llegaron a recibir honores municipales e inscripciones honoríficas en lugares públicos
de ciudades provinciales.
La parte de la población que asistía al teatro era una minoría en comparación con el circo y con
el anfiteatro.
El público variaba, según los géneros. Comedia y mimo gozaban de un público de diversa procedencia,
porque los temas, por su cotidianidad, eran de fácil comprensión. El de la tragedia era
en cambio más selecto, formado sobre todo por quienes
habían tenido contacto con la cultura griega. Hombres y
mujeres de todas las categorías sociales estaban autorizados
a asistir a las representaciones teatrales, pero los
espectadores no podían elegir libremente su asiento.
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En el anfiteatro se llevaban a cabo diferentes tipos de espectáculos, pero sin duda, el que gozó de mayor popularidad fue el protagonizado por GLADIADORES. Si nos fijamos en la etimología de la palabra, gladiador, veremos que proviene del latín gladiator,-oris y este de gladius, "Espada" (el que lucha con la espada). Los gladiadores eran condenados por algún delito grave, prisioneros de guerra o esclavos castigados por sus dueños u hombres libres que no habían encontrado otro recurso para vivir. Practicando la lucha se les otorgaba la oportunidad de obtener la libertad, la fama y, en muchos casos, una considerable posición económica. Un buen gladiador tenía muchos admiradores y, sobre todo, admiradoras, y podía recibir regalos y grandes cantidades de dinero hasta que se le concediera una espada de madera como símbolo de su retirada. Cuando uno de los dos luchadores caía herido levantaba la mano para pedir gracia. El emperador o el magistrado que presidía los juegos decidía, según la opinión del público. Si había luchado bien, la multitud levantaba el pulgar. Si bajaba el pulgar, el vencedor mataba al vencido y recibía la palma de la victoria. El público gritaba, animando al gladiador por el que había apostado.
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